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Esta
idea de «enfermedad mortal» debe tomarse en un sentido especial. Literalmente,
significa un mal cuyo término, cuya salida es la muerte, y entonces sirve
de sinónimo de una enfermedad por la cual se muere, pero no es en este
sentido que se puede llamar así a la desesperación; pues, para el cristiano,
la muerte misma es una pasaje a la vida. De este modo, ningún mal físico
es para él «enfermedad mortal». La muerte termina con las enfermedades,
pero no es en sí misma un término. Pero una «enfermedad mortal», en sentido
estricto, quiere decir un mal que termina en la muerte, sin nada más después
de ella. Y esto a la desesperación.
Pero en otro sentido, más categóricamente aún,
ella es la «enfermedad mortal». Pues lejos de morir de día, hablando con
propiedad, o de que ese mal termine con la muerte, física, su tortura,
por el contrario, consiste en no poder morir, así como en la agonía el
moribundo se debate con la muerte sin poder morir. Así, estar enfermo
de muerte es no poder morirse; pero aquí, la vida no deja esperanza y
la desesperanza es a ausencia de la última esperanza, la falta de muerte.
En tanto que ella a el supremo riesgo, se espera de la vida; pero cuando
se descubre lo infinito del otro peligro, se espera de la muerte. Y cuando
el peligro crece tanto como la muerte, se hace esperanza; la desesperación
es la desesperación de no poder incluso morir.
En esta última acepción, pues, es la desesperación
la «enfermedad mortal», Ese suplicio contradictorio, ese mal del yo: morir
eternamente, morir sin poder morir sin embargo, morir la muerte. Pues
morir quiere decir que todo ha terminado. Pero morir la muerte significa
vivir la propia muerte; y vivirla un solo instante, es vivirla eternamente.
Para que se muera se desesperación como de una enfermedad, lo que hay
de eterno en nosotros, en el yo, debería poder morir, como hace el cuerpo,
de enfermedad. ¡Quimera! En la desesperación el morir transfórmase continuamente
en vivir. Quien desespera no puede morir; «como un puñal no sirve de nada
para matar pensamientos», nunca la desesperación, gusano inmortal, inextinguible
fuego, no devora la eternidad del yo, que es su propio soporte, pero esta
destrucción de sí misma que es la desesperación, es impotente y no llega
a sus fines. Su voluntad propia está en destruirse, pero no puede hacerlo,
y esta impotencia misma es una segunda forma de destrucción de sí misma,
en la cual la desesperación no logra por segunda vez su finalidad, la
destrucción del yo; por el contrario, es una acumulación de ser o la ley
misma de esa acumulación. Es ella el ácido, la gangrena de la desesperación,
el suplicio cuya punta, dirigida hacia el interior, nos hunde cada vez
más en una autodestrucción impotente, Lejos de consolar al desesperado,
el fracaso de su desesperación para destruirse es, por el contrario, una
tortura que reaviva su rencor, su ojeriza; pues acumulando incesantemente
en la actualidad desesperación pasada, desespera de no poder devorarse
ni de deshacerse de su yo, ni de aniquilarse. Tal es la fórmula de la
acumulación de la desesperación, el crecimiento de fiebre en esa enfermedad
del yo.
El hombre que desespera tiene un sujeto de desesperación,
y es lo que cree un momento y no más; pues ya surge la verdadera desesperación,
la verdadera figura de la desesperación. Desesperando de algo, en el fondo
desesperaba de sí mismo y, ahora, pretende librarse de su yo. Así sucede
cuando el ambicioso que dice: «Ser César o nada», no llega a ser César
y desespera. Pero esto tiene otro sentido; por no haber llegado a ser
César, ya no soporta ser él mismo. Por consiguiente, en el fondo no desespera
por no haber llegado a ser César, sino de ese yo que no ha logrado llegar
a serlo. Ese mismo yo, que de otro modo hubiese sido toda su alegría -alegría
por lo demás no menos desesperada-, helo ahora más insoportable que cualquier
otra cosa. Observando de más de cerca, lo insoportable para él no está
en no haber llegado a ser César, sino en ese yo que no ha conseguido serlo;
o más bien, lo que no soporta es no poder librarse de su yo. Habría podido
hacerlo, si hubiese llegado a ser César, pero como no lo ha logrado,
nuestro desesperado ya no puede consolarse. En su esencia no varía su
desesperación, pues no posee su yo, no es él mismo. No habría llegado
a serlo, es cierto, deviniendo César, pero se habría librado de su yo;
no llegando a ser César, desespera de no poder quedar en paz. Por lo tanto
resulta una opinión superficial decir de una desesperado (a causa sin
duda de no haberlo visto jamas, ni de haberse visto incluso), como si
ello fuese su castigo, que le destruye su yo. Pues precisamente para su
desesperación y su suplicio, es incapaz de lograrlo, dado que la desesperación
ha puesto fuego a algo refractario, indestructible en él, al yo.
Desesperar de algo no es, pues, todavía, la verdadera
desesperación; es su comienzo; se incuba, como dicen los médicos de una
enfermedad. Luego se declara la desesperación: se desespera de uno mismo.
Observad a una muchacha desesperada de amor, es decir de la pérdida de
su amigo, muerto o esfumado. Esta pérdida no es desesperación declarada,
sino que ella desespera de sí misma. Ese yo, del cual se habría librado,
que ella habría perdido del modo más delicioso si se hubiese convertido
en bien del «otro», ahora hace su pesadumbre, puesto que debe ser su yo
sin el «otro». Ese yo que habría sido su tesoro -y por lo demás también,
en otro sentido, habría estado desesperado- ahora le resulta un vacío
abominable, cuando el «otro» está muerto, o como una repugnancia, puesto
que le que recuerda el abandono. Tratad, pues de decirle: «Hija mía, te
destruyes», y escucharéis su respuesta: «¡Ay, no! Precisamente mi dolor
está en que no puedo conseguirlo».
Desesperar de sí mismo, querer deshacerse del
yo, tal es la fórmula de toda desesperación, y la segunda: desesperado
por querer ser uno mismo, se reduce a ella, como hemos reducido anteriormente
(Véase Capitulo I) la desesperación en la cual se quiere ser uno mismo,
aquélla en la cual se rechaza serlo. Quien desespera quiere, en su desesperación,
ser él mismo. Pero entonces, ¿no quiere desprenderse de su yo? En apariencia,
no; pero observando de más de cerca, siempre se encuentra la misma contradicción.
Ese yo, que ese desesperado quiere ser, es un yo que no es él (pues querer
ser verdaderamente el yo que se es, es lo opuesto mismo de la desesperación);
en efecto, lo que desea es separar su yo de su autor. Pero aquí fracasa,
a pesar de que desespera, y no obstante todos los esfuerzos de la desesperación,
ese Autor sigue siendo el más fuerte y la obliga a ser el yo que no quiere
ser. Pero haciéndolo, el hombre desea siempre desprenderse de su
yo, del yo que es, para devenir un yo de su propia invención. Ser ese
«yo» que quiere, haría todas sus delicias -aunque en otro sentido su caso
habría sido también desesperado- pero ese constreñimiento suyo de ser
el yo que no desea ser, es su suplicio: no puede desembarazarse de sí
mismo.
Sócrates probaba la inmortalidad del alma por
la importancia de la enfermedad del alma (el pecado) para destruir, como
hace la enfermedad con el cuerpo. Igualmente se puede demostrar la eternidad
del hombre por la impotencia de la desesperación para destruir al yo,
por esa atroz contradicción de la desesperación. Sin eternidad en nosotros
mismos, no podríamos desesperar; pero si pudiera destruir al yo, entonces
tampoco habría desesperación.
Tal es la desesperación, ese mal del yo, «la
Enfermedad mortal». El desesperado es un enfermo de muerte. Más que en
cualquier otro mal, se ataca aquí a la parte más noble del ser; pero el
hombre no puede morir por ello. La muerte no es aquí un término interminable
del mal, es aquí un término interminable. La muerte misma no puede salvarnos
de ese mal, pues aquí el mal con su sufrimiento y... la muerte consisten
en no poder morir.
Allí se encuentra el estado de desesperación.
Y el desesperado podrá esforzase, a no dudar de ello, podrá esforzarse
en lograr perder su yo, y esto sobre todo es cierto en la desesperación
que se ignora, y en perderlo de tal modo que ni se vean sus trazas: la
eternidad, a pesar de todo pondrá a luz la desesperación de su estado
y le clavará a su yo: así el suplicio continua siendo siempre no poder
desprenderse de sí mismo, y entonces el hombre descubre toda la ilusión
que había en su creencia de haberse desprendido de su yo. ¿Y por qué asombrarse
de este rigor?, puesto que ese yo, nuestro haber, nuestro ser, es la suprema
concesión infinita de la Eternidad al hombre y su garantía.
Podéis encontrarlo
en:
Tratado de la desesperación, Edicomunicación, Barcelona, 1994. Libro primero,
cap. III, pp. 28-32.
Traducción de Juan Enrique Holstein.
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